Un experimento de sangre y muerte

X Aleta EdicionesHace ya bastante tiempo que la hiperviolencia no es rompedora en el mundo del cómic. Por ese camino, X no deja de ser un alocadamente gozoso experimento de sangre y muerte. Pero Duane Swierczynski introduce un matiz en la serie que hace que esta se desmarque ligeramente de esta índole de series de personajes asesinos y vengativos, y es la presencia de Leigh Ferguson, una blogera que está decidida a destapar escándalos de corrupción en su ciudad, Arcadia, y, de paso, descubrir quién es X y qué pretende. Ese personaje femenino, que aparece después del desbocado y salvaje número 0 de la serie, lleva la historia a otro nivel. Evidentemente, el rojo sangre predomina con tanta fuerza en el dibujo de Eric Nguyen que a veces no hay mucho margen para descubrir qué hay por debajo, pero la relación que plantea Swierczynski entre el asesino vigilante y la periodista sin ataduras acaba por convencer, al menos lo suficiente como para que X deje la esperanza de poder ser una serie diferente, que ofrezca algo más que una propuesta visual contundente, algo que está asegurado en el momento en el que se opta por este camino sin límites.

Titulándose Feroz este primero volumen de X, es fácil deducir que el descontrol forma parte de su idiosincrasia ya desde el principio. Swierczynski crea un antihéroe absoluto. Un asesino que, eso sí, se marca sus enemigos entre la escoria del hampa, entre los criminales de más alto standing. Por supuesto, se puede entrar en el debate moral sobre los métodos con los que se puede combatir el mal, y eso siempre estará presente en una historia que desborda tantos límites como ésta, que llega a rozar el sadismo en algunos momentos. En realidad el objetivo es un disfrute culpable, uno en el que el lector entre en el juego, en la espiral de violencia y se ponga del lado de quien se atreve a romper las normas, legales y morales, para defender a los más desprotegidos. Pero lo mejor de X no está en ese personaje, sino en Leigh. Ella es la verdadera protagonista, la que pone todas las cartas encima de la mesa, la que genera la empatía y la simpatía. X es la excusa. Swiercynzski juega con el misterio de su identidad, pero en realidad eso no es lo importante. Lo que importa es cómo un personaje con el que uno sí se puede identificar reacciona ante este torrente de violencia.

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